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Cuando el trauma ordena la política: el nuevo clivaje chileno

Por Alexis Muñoz Espinosa, Cientista Político.

Hablar de clivaje político implica referirse a las fracturas profundas que estructuran la vida política de una sociedad. No se trata de diferencias coyunturales de opinión, sino de divisiones sociales persistentes que atraviesan a los grupos, configuran identidades colectivas y se expresan en partidos, proyectos políticos y liderazgos. Comprender los clivajes permite explicar por qué las sociedades votan como lo hacen, se movilizan políticamente y entran en crisis cuando dichas fracturas dejan de estar representadas institucionalmente (Lipset & Rokkan, 1967).

Los autores clásicos de esta teoría, Seymour Martin Lipset y Stein Rokkan, sostuvieron que los sistemas políticos modernos se organizaron en torno a grandes clivajes surgidos de dos procesos históricos fundamentales: la construcción del Estado-nación y la Revolución Industrial. De estos procesos emergieron divisiones estructurales como Estado v/s Iglesia, centro v/s periferia, campo v/s ciudad y capital v/s trabajo. Una vez institucionalizados, estos clivajes tendieron a estabilizar los sistemas de partidos durante largos períodos, dando lugar a la conocida hipótesis del “congelamiento” (Lipset & Rokkan, 1967).

Sin embargo, la historia no se detiene. Desde finales del siglo XX, diversos autores comenzaron a cuestionar la idea del congelamiento. Ronald Inglehart y Russell Dalton, entre otros, observaron que la secularización, la globalización, la transformación del trabajo y el debilitamiento de las identidades colectivas tradicionales estaban erosionando los clivajes clásicos. En su lugar, comenzaron a emerger clivajes modernos, más culturales que económicos: autoritarismo v/s liberalismo, globalización v/s soberanía, elite v/s pueblo, orden v/s cambio.

Este tránsito desde el clivaje clásico al clivaje moderno no implica la desaparición de los conflictos estructurales —como la desigualdad o la concentración del poder—, sino su reconfiguración simbólica y política. Las tensiones siguen ahí, pero se expresan con otros lenguajes, actores y emociones.

Chile es un caso particularmente ilustrativo de este proceso.

Durante gran parte del siglo XX, el clivaje dominante fue capital v/s trabajo, articulado en un eje izquierda/derecha nítido, con partidos profundamente enraizados en sindicatos, gremios, iglesias y territorios. Este clivaje alcanzó su máxima expresión política en el período previo a 1973. La dictadura militar no solo interrumpió violentamente ese orden político, sino que reconfiguró forzosamente el clivaje, desplazándolo desde el conflicto social hacia un eje autoritarismo v/s democracia (Garretón, 2003).

La transición a la democracia consolidó ese nuevo clivaje. Durante más de dos décadas, la competencia entre la Concertación y la Alianza por Chile organizó el sistema político, garantizando gobernabilidad, pero también limitando la incorporación de nuevas demandas sociales: encapsuló el conflicto social, postergó debates estructurales y alejó progresivamente a amplios sectores de la ciudadanía del sistema político.

Con el paso del tiempo, ese clivaje comenzó a agotarse. Las nuevas generaciones no vivieron la dictadura como experiencia directa, mientras que la desigualdad, el endeudamiento y la precariedad seguían marcando la vida cotidiana. El estallido social de 2019 fue la expresión más clara de ese desajuste: las fracturas sociales existían, pero no encontraban una traducción política legítima.

El proceso constituyente intentó canalizar ese momento de ruptura, pero terminó evidenciando otro fenómeno: la fragmentación del clivaje chileno. Ya no había un eje dominante capaz de ordenar el campo político. En su lugar, convivían múltiples tensiones: pueblo v/s elite, seguridad v/s derechos, Estado social v/s mercado, identidad v/s institucionalidad. La política entró en una fase de alta volatilidad.

En ese contexto, “el viejo clivaje democracia/dictadura sobrevive como identidad simbólica, pero ha dejado de estructurar de manera decisiva la competencia electoral” (Altman, 2025), esta competencia, se estructura a partir de la cristalización de un clivaje moderno, denominado “restauración v/s refundación”, que surge, a partir de interpretaciones contrapuestas del estallido social, del orden público y del proceso constituyente. Para el polo restaurador, el estallido representó una ruptura del orden, una erosión de la autoridad del Estado y una deriva institucional que debe corregirse. Para el polo refundacional, fue la expresión legítima de un malestar acumulado y la evidencia de un modelo agotado que requería transformaciones profundas.

El clivaje chileno actual no está resuelto. Se encuentra en disputa. Y esa disputa no es solo programática, sino profundamente emocional y simbólica. La elección de Kast —y también su derrota— muestran que Chile no ha cerrado su ciclo de reconfiguración política. Más bien, está buscando, con dificultad, un nuevo orden de sentido que permita traducir sus fracturas sociales en proyectos democráticos estables.

La pregunta de fondo no es si existen clivajes en Chile —siempre los ha habido—, sino quién logra interpretarlos, representarlos y conducirlos políticamente. Porque cuando los clivajes no encuentran cauce institucional, la política deja de ordenar el conflicto y comienza, peligrosamente, a amplificarlo.

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