Por Francisco Farías.
En política, los proyectos de ley no solo buscan modificar el ordenamiento jurídico. También constituyen instrumentos de comunicación política. Cada iniciativa legislativa transmite una señal respecto de las prioridades, la identidad y el electorado al que un partido pretende representar. En la literatura de ciencia política, esta estrategia se conoce como competencia por la apropiación de temas (issue ownership) y es especialmente frecuente en los denominados partidos de nicho (niche parties), cuya principal fortaleza consiste en representar con claridad a un segmento específico del electorado antes que intentar conquistar al votante medio.
Desde esa perspectiva pueden interpretarse las recientes iniciativas impulsadas por el Partido Nacional Libertario y el Partido Republicano en materia de aborto. El proyecto denominado “Escucha su corazón”, que propone incorporar la audición de la actividad cardíaca fetal antes de un aborto permitido por la ley, y la iniciativa destinada a endurecer las sanciones respecto de la distribución de medicamentos abortivos, cumplen una función que trasciende su eventual aprobación legislativa.
Su relevancia es, sobre todo, política.
Ambas propuestas parecen dirigirse a un electorado profundamente conservador en materias valóricas. Se trata de un segmento relativamente acotado, pero altamente movilizado, que valora las denominadas batallas culturales y exige posiciones nítidas. En consecuencia, estos proyectos operan como mecanismos de señalización política: permiten demostrar coherencia ideológica, fortalecer la identidad partidaria y diferenciarse de sus competidores dentro del mismo espacio político.
Esta competencia no ocurre entre la derecha y la izquierda. Ocurre, principalmente, al interior de la propia derecha.
El Partido Nacional Libertario y el Partido Republicano disputan el liderazgo de un mismo nicho electoral. En esa competencia, cada proyecto de ley constituye también un mensaje dirigido a sus potenciales votantes: “nosotros representamos con mayor firmeza los principios del conservadurismo”. Es la lógica propia de la competencia intrabloque, donde los partidos privilegian consolidar su base electoral antes que ampliar su electorado.
Sin embargo, esa estrategia genera una tensión propia de todo oficialismo.
Cuando partidos que respaldan a un gobierno instalan con fuerza debates identitarios o valóricos, existe el riesgo de que la conversación pública se desplace desde la agenda gubernamental hacia una agenda partidaria. La atención política deja de concentrarse en los resultados de gestión —seguridad, crecimiento económico, empleo, inversión o modernización del Estado— y pasa a girar en torno a controversias que movilizan principalmente a un segmento del electorado. Diversos análisis han sostenido que el debate en torno al proyecto “Escucha su corazón” terminó tensionando la agenda política del Gobierno y concentrando buena parte de la discusión pública.
Desde la teoría política, ello refleja una diferencia fundamental entre la racionalidad de un partido y la racionalidad de un gobierno. Mientras los partidos pueden obtener beneficios electorales reforzando su identidad y diferenciándose de sus aliados, los gobiernos son evaluados, principalmente, por su capacidad para resolver los problemas que la ciudadanía considera prioritarios.
En definitiva, la política de los nichos puede ser una estrategia eficaz para consolidar identidades y fidelizar electorados. Pero gobernar exige algo distinto: construir mayorías, ordenar prioridades y mantener el foco en aquellas materias por las cuales la ciudadanía juzga el éxito o el fracaso de una administración.
Ese equilibrio entre identidad y gobernabilidad será, probablemente, uno de los principales desafíos de la derecha chilena durante los próximos años.