Desde la psicología, Paulhus & Williams (2002) realizan un estudio del que emerge la teoría de la triada oscura de la personalidad, la cual ha ido tomando cada vez más fuerza, en la que se plantea el grado de maldad que cada uno tenemos independientemente de nuestros rasgos de personalidad bondadosos. Los test psicológicos por lo general muestran nuestras habilidades y características positivas, pero pocas veces se centran en conocer nuestro lado oscuro.
De acuerdo con esta postura, existen tres rasgos a considerar: El maquiavelismo o personalidad manipuladora. Según Gonzales (2015), las personas con este rasgo se caracterizan por ser cínicos, sin principios, creen en la manipulación interpersonal como la clave para el éxito en la vida, y se comportan de acuerdo con esto. Así mismo tenemos al narcisista que se pone en el centro de todo y piensa primero en sí mismo antes que en los demás. Finalmente, la psicopatía que, si bien se atribuye generalmente a personas altamente peligrosas, en realidad encontramos este rasgo en la cotidianidad, aunque es difícil de detectar a simple vista, pero básicamente se refiere a personas con bajo o nulo nivel de empatía.
Por otra parte, la filosofía también propone 4 tipos de maldad que persiste en nosotros según nuestra motivación de acuerdo con Lars Svendsen (2010). Este propone que todos los seres humanos hemos cometido actos malvados en alguna medida, pero motivados por razones muy diversas. Así pues, en primer lugar, tenemos la maldad demoniaca, personas que hacen mal solo por placer. El autor aclara que alguien con esta maldad sería alguien con una patología. Luego tenemos tres más comunes, la instrumental, que se caracteriza porque hay consciencia de la maldad, pero se comete el acto por el fin que se persigue (el fin justifica los medios. La idealista por su parte consiste en la ausencia de consciencia de que se está haciendo algo mal; en esta, se piensa que el acto en sí es el correcto. Finalmente, la maldad estúpida, aquellos que no se detienen a pensar en las consecuencias de sus actos.
En conclusión, una vida más justa implica una mayor reflexión sobre nuestra propia maldad.
Andrés Urrea, aurrea@santotomas.cl
Psicólogo y docente de Formación e Identidad, Universidad Santo Tomás
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