- El uso del celular es riesgoso cuando interfiere en el sueño, aprendizaje o relaciones sociales.
- El dispositivo no debe ser la única estrategia para regular emociones como tristeza o aburrimiento.
- La irritabilidad extrema ante los límites establecidos es una señal de alerta para los padres.
La Dra. Andrea Ibieta planteó que, aunque se recomienda retrasar el acceso al smartphone y las redes sociales, la realidad de muchos escolares exige que padres y establecimientos sepan reconocer señales de alerta y establezcan límites y acuerdos de uso.
Retrasar el acceso al teléfono inteligente y a las redes sociales puede ayudar a prevenir algunos de los riesgos asociados a su uso, pero para muchas familias esta recomendación llega cuando sus hijos ya cuentan con estos dispositivos. En esos casos, más que observar únicamente cuánto tiempo pasan frente a una pantalla, resulta clave identificar si el uso está comenzando a afectar su vida cotidiana.
La Dra. Andrea Ibieta, psicóloga, magíster, doctora en Psicología e investigadora de la Universidad Santo Tomás Temuco, ha desarrollado su trayectoria en torno al uso de tecnologías en educación, el desarrollo de habilidades digitales, la convivencia digital y la incorporación de inteligencia artificial en los procesos de aprendizaje. Desde esa experiencia, durante una charla dirigida a orientadores y encargados de convivencia escolar, abordó las principales señales que deberían observar familias y comunidades educativas frente a un eventual uso riesgoso del celular.
La especialista planteó que, desde una perspectiva preventiva, sería recomendable retrasar el acceso a estos dispositivos. Como referencia, señaló que, en su opinión, el smartphone debiera llegar idealmente alrededor de los 16 años y que, si se incorpora una red social, esto ocurriera de manera gradual.
Sin embargo, si el niño o adolescente ya utiliza un teléfono inteligente, sostuvo que la atención de los adultos debe centrarse en cómo ese uso está afectando su funcionamiento cotidiano. “No significa que todos los estudiantes sean adictos al teléfono. ¿Cuándo vamos a ver señales del uso riesgoso? Cuando hay una interferencia en la vida cotidiana”, explicó Ibieta.
¿Qué señales deberían observar los adultos?
De acuerdo con la investigadora, una de las principales alertas aparece cuando el uso del celular comienza a interferir con el sueño, el aprendizaje o las relaciones con otras personas. También llamó a observar si el niño o adolescente mantiene el uso pese a experimentar consecuencias negativas.
Otro indicador relevante se presenta cuando el teléfono se convierte en la única estrategia para regular el malestar emocional. Es decir, cuando frente al aburrimiento, la tristeza, la frustración o alguna otra emoción difícil, el dispositivo aparece como la única alternativa para sentirse mejor.
A esto se puede sumar una reacción especialmente intensa frente a los límites. La irritabilidad ante la solicitud de guardar el teléfono, puede constituir una señal de alerta cuando se presenta junto a otras conductas de riesgo.
También llamó a observar cambios en la interacción social. “Cuando los vemos más aislados, comparándose más, más irritables, hay que poner ojo”, señaló.
Para la especialista, reconocer estas señales no significa etiquetar inmediatamente a un niño o adolescente como “adicto”, sino mirar el conjunto de cambios que pueden estar ocurriendo y actuar oportunamente.
En este proceso, el rol de los adultos resulta fundamental. Ibieta explicó que la vulnerabilidad que puede existir frente al uso de tecnologías no determina necesariamente sus consecuencias y que la intervención de la familia y la escuela puede modificar esa trayectoria. “La vulnerabilidad que tienen los chicos no equivale al destino. Todavía son plásticos, todavía podemos modular usos”, sostuvo.
Por ello, planteó que la respuesta no debería limitarse a quitar el teléfono, sino que debía incluir conversación, acompañamiento y reglas claras. Esto implica hablar con niños y adolescentes sobre para qué utilizan las tecnologías, qué emociones están detrás de determinados usos y establecer límites que sean conocidos y previsibles.
La investigadora también enfatizó la necesidad de que familias y establecimientos educacionales compartan criterios. Cuando existen mensajes contradictorios entre los adultos respecto del uso de los dispositivos, señaló, se vuelve más difícil sostener los límites.
“Potenciar que la familia y la escuela necesitan criterios compartidos, no mensajes contradictorios”, planteó.
En ese sentido, el desafío no está en eliminar la tecnología de la vida de niños y adolescentes, sino en acompañarlos para que puedan desarrollar una relación más consciente y saludable con ella. Para la especialista, la clave está en que los adultos observen cambios, conversen sobre lo que ocurre y establezcan límites claros antes de que las consecuencias se vuelvan mayores.
La tecnología, agregó, también puede ser una herramienta valiosa para aprender, crear y colaborar. Pero su aporte depende de cómo y para qué se utiliza. Por eso, más que preguntarse solamente cuánto tiempo pasa un niño frente a una pantalla, la pregunta debería ser qué está dejando de hacer, cómo se está sintiendo y qué lugar está ocupando esa tecnología en su vida.