¿HACIA DÓNDE VA LA UNIVERSIDAD?

Sandra Arenas decana de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosofía de la UC Temuco reflexionando sobre el modelo universitario.
⚡ Puntos Clave de la Noticia:
  • La universidad debe priorizar la búsqueda del sentido y la integración del saber sobre el utilitarismo.
  • El financiamiento público debe valorar disciplinas como la filosofía y la teología como pilares de la sociedad.
  • El reduccionismo antropológico bajo criterios de eficiencia presupuestaria amenaza la identidad universitaria.

Sandra Arenas – Decana Facultad de Ciencias Religiosas y Filosofía UC Temuco.

En las últimas semanas Chile ha discutido el lugar de las humanidades, las ciencias sociales y las artes en la política científica del país, con esa intensidad episódica que reservamos solo para lo que nos incomoda.

Quisiera detenerme un paso antes de la coyuntura y preguntar por el modelo de Universidad que subyace a ese debate, y por el modelo que se proyecta. ¿Qué entendemos por Universidad?

La pregunta es muy antigua, de hecho la propia Universidad nació haciéndosela a sí misma, y cada vez que ha vuelto a hacérsela con seriedad ha sido porque algo en su tiempo amenazaba con vaciarla de sentido.

Nació en el siglo XII, en Bolonia y París, como universitas magistrorum et scholarium, una comunidad o gremio de maestros y estudiantes resguardado de los poderes locales, cuyo saber se llamaba studium generale porque era deliberadamente universal y no reducido a lo útil. Teología y filosofía ordenaban ese conjunto no por imponerse a las demás disciplinas, sino porque sostenían la pregunta por el sentido que las hacía dialogar entre sí. En ese ecosistema la búsqueda de la verdad y la integración del saber daban como fruto el bien social, no era el filtro de entrada, sino la consecuencia de un pensar con sentido, profundo y crítico. Esa es también la matriz de Lovaina, la universidad católica más antigua del mundo y mi alma mater, y esa matriz ha modelado el ser y el quehacer de toda Universidad con sus colores geográficos y misionales específicos.

Desde esa identidad fundacional y las territoriales específicas, una y otra vez se ha alertado sobre el riesgo de diluirse. Humboldt fundó la Universidad de Berlín en 1810 protegiendo deliberadamente la formación integral del cálculo estatal inmediato. Newman advirtió, unas décadas más tarde, contra la Universidad reducida a competencias exigidas por el mercado. Corrientes distintas que coinciden en concebir que ninguna Universidad por el hecho de serlo, puede subordinar el saber a su retorno inmediato sin arriesgar su propia identidad, aunque conserve el nombre.

Como teóloga no pregunto cuánto financiamiento merece la teología, sino qué imagen de ser humano y de sociedad presupone un Estado que arriesga a legitimar más el saber que produce resultados verificables en el corto plazo. Toda política de investigación es una antropología en acto. Un país que decide que la pregunta por el sentido, la memoria, la justicia o la belleza merece escaso financiamiento público está diciendo que esas preguntas no son parte tan importante de lo que constituye a una persona ni a una comunidad política, es una forma de reduccionismo antropológico disfrazada de eficiencia presupuestaria.

Por eso convendría interrogar hacia dónde va la Universidad que se protege deliberadamente de la tentación de medirlo todo por su retorno inmediato, sabiendo que ese margen de gratuidad es, precisamente, la condición de posibilidad de todo lo demás que produce, hace, vive. La pregunta que abro a la conversación no es si el Estado debe financiar más o menos humanidades, sino si queremos seguir teniendo universidades, en el sentido pleno de la palabra, o dejamos que se conviertan en otra cosa distinta sin haberlo decidido explícitamente.