La obra participativa, creada junto a niños, familias y artistas locales, fue inaugurada en el aniversario 93 de la Escuela Manantial de Relún y hoy suma un audiovisual que documenta su proceso creativo, poniendo en valor el patrimonio inmaterial rural de Villarrica.
Desde hoy se encuentra disponible el audiovisual que registra el proceso de creación del mural “Subiendo a conversar con el espíritu de la naturaleza”, una obra colectiva realizada en la Escuela Manantial de Relún, ubicada a unos 14 kilómetros de Villarrica. El mural fue entregado a la comunidad educativa el viernes 14 de noviembre, en el marco del aniversario número 93 del establecimiento, y marca el cierre de la iniciativa “Mural Participativo: Puesta en valor del patrimonio inmaterial rural en la comuna de Villarrica”, ejecutada por Gabriela Gaete, de Triple Lama Taller, junto a su equipo, y financiada por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, a través del Fondart Regional 2025.
El título de la obra fue propuesto por la estudiante Catalina Matamala y sintetiza el espíritu del proceso vivido por la comunidad escolar. Llegar a un acuerdo sobre los elementos que darían forma al mural no fue inmediato: tomó al menos dos jornadas de conversación en pleno invierno, entre mates, dibujos y relatos compartidos. El tema central elegido por consenso fue el Cerro de Agua Santa, un lugar que los niños y niñas visitan cada año y que es reconocido como un sitio de significancia cultural, transitado desde tiempos antiguos por personas de distintos sectores del territorio.
Durante las sesiones de dibujo colectivo, estudiantes y adultos plasmaron los elementos que consideraban esenciales. Esos aportes fueron luego reunidos y traducidos a un diseño común por los artistas locales Paula Ferrer y Aner Urra, de la Colectiva Tierra Húmeda Murales, quienes finalmente materializaron la obra en el muro del establecimiento.
La artista local Paula Tikay destacó el rol de la comunidad como fuente de inspiración, señalando que “se sintió esa confianza igual con ellos y ellas contando del cerro, el tema que salió. Nosotros llevamos varios años haciendo talleres participativos y nos quedamos con esas historias, y podemos conocer mucho más el territorio a través de sus relatos”.
Por su parte, Gabriela Gaete, coordinadora del proyecto, valoró la profundidad de la temática abordada y el diálogo que se generó a partir del mural. “Siento que es como un tema súper neurálgico el que se toca aquí, este ojo de agua que es milagroso, como muy simbólico de esta transmutación que se hace de esta historia dolorosa hacia la esperanza que es lo que los papás le quieren dejar a los niños”, expresó. Añadió además que “se ha generado una conversación más profunda en torno al cuidado de los espacios naturales y a la recuperación de los territorios”.
Uno de los sellos más particulares del mural fue su materialidad. La obra fue pintada con tintes naturales elaborados a partir de arcillas y tierras recolectadas en distintos puntos del territorio, como el lago Villarrica y sectores como Chesque, Nalcahue, Liumalla y Hualapulli, además de algunos pigmentos provenientes de la zona central. Si bien este tipo de pinturas se utiliza habitualmente en muros de bioconstrucción, en esta ocasión se aplicó sobre paredes de cemento al interior de la escuela, logrando —según el equipo— una atmósfera cálida y acogedora.
Como parte del proceso, a fines de octubre se realizaron dos talleres abiertos para compartir la técnica de elaboración de pinturas naturales, junto a seis sesiones dirigidas a niños y niñas de la Escuela Manantial de Relún y del Espacio Educativo La Fragua. Las actividades fueron facilitadas por Santiago Naudon, arquitecto e integrante del equipo ejecutor, quien explicó el proceso de tamizado y colado de las tierras hasta obtener una pasta suave, a la que se le incorporó cola fría y aceite para crear una pintura no tóxica y de origen local.
La profesora diferencial Lorena Bravo, de la Escuela Manantial de Relún, destacó el aprendizaje detrás de la experiencia y comentó que “hay mucho conocimiento técnico, hay mucha ciencia también”.
Desde el Espacio Educativo La Fragua, la educadora Ana Montecinos relató cómo los aprendizajes se extendieron más allá del taller. “El taller nos encantó, nos despertó un ojo observador de la tierra que pisamos y con la que juegan”, señaló, agregando que días después los niños y niñas comenzaron a preguntarse si la tierra con la que jugaban tenía “pigmentos”. “Integraron ese concepto a su relato cotidiano. Probaban colores sobre la madera y estaban encantados. Eso alimenta en ellos y ellas la semilla de la atención al territorio que habitan y del cuidado que merece. No todo se compra, hay colores que están ahí, en el patio”, reflexionó.
La experiencia también despertó interés en otros espacios educativos. Paz Vallejo, facilitadora de artes visuales del Colegio Alberto Hurtado de Villarrica, sostuvo que “esto es súper pertinente, porque podemos hablar de posibles construcciones que no son las convencionales, que son también una alternativa ecológica y económica”, destacando el potencial de replicar la técnica con jóvenes.
El muralista Aner Urra reconoció que trabajar con materiales nuevos implicó desafíos, pero valoró el aprendizaje que dejó el proceso. “La experiencia de todo este proceso ha sido bastante agradable, un poco estresante en una parte por cómo funcionan los materiales, pero esto de pintar con tierra me parece súper en el sentido de aprender cosas nuevas, de experimentar”, comentó.
Desde el equipo impulsor agradecieron a la comunidad escolar por atreverse a explorar su propio territorio como fuente de inspiración y material creativo. En el cierre de la iniciativa, Gabriela Gaete subrayó que “gracias a este tipo de ejercicios creativos, que nos ayudan a traspasar los límites de nuestras mentes y encontrarnos en puntos comunes, como el cuidado de la naturaleza, el respeto por nuestros ancestros y la esperanza que albergamos para nuestros niños”, se abren nuevas formas de convivencia y aprendizaje.
En su reflexión final, la gestora cultural sostuvo que uno de los aprendizajes más profundos del proceso fue comprender que “en zonas rurales y en territorio mapuche en particular, no es posible separar la cultura y el arte de la naturaleza”. Añadió que “no es posible separar la biodiversidad de la expresión cultural o artística de la persona que vive en el campo”, recordando que, desde la cosmovisión mapuche, estos elementos son inseparables y conforman un equilibrio dinámico “donde nada falta y nada sobra”.
El mural y su audiovisual quedan así como testimonio de un proceso creativo colectivo que entrelaza arte, territorio, memoria y educación, desde el corazón rural de Villarrica.
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