Directora de Fundación Súmate de Hogar de Cristo
“Nos subimos con paraguas, a veces con una frazada y ahí mismo ponemos nuestros cuadernos para poder estar en clases. Yo no quiero perder el semestre”, dice Paulina (18) una de las jóvenes estudiantes que ante la mala conexión de Internet que hay en gran parte de su comunidad en La Araucanía, ha optado por trepar al techo de su casa para lograr conectarse y asistir a sus clases online.
En 2020, más de 39 mil jóvenes abandonaron la escuela, sumándose a los más de 186 mil que ya estaban fuera del sistema y que, en su mayoría, dejaron su educación en primero medio. Como Paulina o Francisco, de 17 años: “Como éramos caleta viviendo en la misma casa, había cualquier problema. Quizás por eso yo pasaba piola y no me mandaban nunca al liceo. Yo me iba para la calle, ahí me juntaba con otros cabros que estaban en la misma, íbamos para el mall, ahí se choreaba, se piteaba, al final, me terminaron echando del liceo, porque repetí tres veces primero medio”.
Lo triste es que en nuestra región, La Araucanía, son 1.322 niños y jóvenes los que abandonaron la escuela. Algunos en sus poblaciones son apuntados con el dedo y los llaman “delincuentes con overol”, porque el prejuicio es enorme. Muchas veces son estigmatizados por los profesores, por sus pares, por los padres de sus pares. Así, ¿quién querría ir al colegio?
“Cuando cumplí 13 años, intenté suicidarme porque empecé a salir con un tipo que me agredía físicamente”, cuenta Camila, de 17 años. «Al final tomé la decisión de ´liquidarme´, me sentía tan utilizada, tan tonta, me dije a mí misma: Ok, me voy a la mierda. Y así fue, me tomé todo lo que encontré en pastillas: clonazepam, ibuprofeno, paracetamol. Me desmayé una hora después. Nunca más volví al colegio”.
¿Cómo nos hacemos cargo de estas historias? Es clave contar con un modelo flexible y adecuado a la realidad de los niños que se ven obligados a abandonar la escuela antes, durante y probablemente después de la pandemia. Implementar la modalidad educativa de reingreso, aprobada por el Consejo Nacional de Educación, requiere dedicación y eficiencia, así como financiamiento estable para las escuelas de reingreso. Esto vendría a reparar en parte la deuda gigante que tiene el sistema escolar chileno con chicos como Camila, Francisco y Paulina, y con los más de 235 mil que no tendrán un “retorno seguro a clases”, porque se quedaron en el camino.
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