Categorías: Educación

Investigadores de U. Autónoma desarrollarán proyecto sobre alimento funcionales que potencian la salud y la economía

La investigación y desarrollo del Instituto de Ciencias Químicas Aplicadas de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Autónoma de Chile, está aportando al desarrollo de la región de La Araucanía, a través de la revalorización e incorporación de valor agregado al lupino y el alforfón que además, permitirán mejorar la situación económica de pequeños y medianos agricultores.

La Región de La Araucanía es la más pobre de Chile según la encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (Casen) 2017 tanto a nivel multidimensional como de ingresos, pero «además es una zona con enorme potencial agroalimentario» analiza el Dr. Carlos G. Peña investigador de la Universidad Autónoma de Chile sede Temuco.

«En ese sentido, desde la academia podemos aportar para transformar la región en un polo de desarrollo de ciencia aplicada para la generación de nuevo conocimiento» complementa quien, junto a la Dra. María Luisa Valenzuela y equipo, se adjudicaron un proyecto regional para el desarrollo local de I+D colaborativo con PYMES para trabajar con lupino dulce (Lupinus angustifolius) y alforfoìn (Fagopyrum esculentum): dos cultivares que tienen distinto grado de desarrollo agronómico.

El lupino dulce es una leguminosa de elevado contenido proteico y que en Chile se usa principalmente para desarrollar alimento para animales o en la industria del salmón. «Es un cultivo muy noble al que, desafortunadamente, se le agrega poco valor por un estigma social que asocia esta leguminosa con los sectores más desfavorecidos de la sociedad, lo que se potencia con falta de información sobre sus enormes beneficios alimentarios» señala el Dr. Carlos G. Peña. En Europa, Estados Unidos y medio oriente, es una materia prima muy apreciada para la generación de alimentos de alto valor agregado.

Mientras que el alforfón o trigo sarraceno, es un seudocereal que no contiene gluten, por lo que puede ser consumido por los celiacos e intolerantes no severos. «Al igual que lupino, en mercados europeos y estadounidenses se comercializa mayoritariamente como alimento procesado, aparte de materia prima o harina» menciona el investigador.

Ambos alimentos tienen un alto valor nutricional y son considerados como alimentos funcionales porque poseen un elevado contenido en saponinas y fagomina, respectivamente. Las saponinas son antioxidantes muy efectivos contra la formación de radicales libres, mientras que fagomina es un iminoazucar inhibidor de la alfa-glucosidasa, evita el aumento exagerado de la glicemia después de las comidas en pacientes diabéticos.

Aunque el concepto de alimento funcional no está definido ni oficial ni formalmente en Chile, se puede clasificar como quienes contienen compuestos biológicamente activos beneficiosos para la salud humana y cuya función va más allá de la meramente nutricional.

Son alimentos que, en general, contribuyen a prevenir o retrasar drásticamente la aparición de cinco tipos de enfermedades: cardiovasculares como la formación de placas ateroscleróticas; metabólicas como la diabetes; respiratoria crónica como el asma; neoplasias; y neurodegenerativas como el Parkinson o Alzheimer.

Soluciones desarrolladas a partir de conocimiento

El proyecto caracterizará química y nutricionalmente a ambos cultivos para utilizarlos como materias primas de seis alimentos, con distinto nivel de procesamiento, listos para el consumo humano.

Adicionalmente, «realizaremos la validación de las propiedades funcionales mediante simulaciones de digestión, algo que en Chile prácticamente no se hace. Para luego determinar el nivel de satisfacción de los consumidores y establecer un modelo de negocios que permita una estrategia éxitos de comercialización y sustentabilidad en el tiempo de los productos» comenta el Dr. Carlos G. Peña.

El equipo es multidisciplinario y con paridad de género. Está compuesto por dos químicos, dos farmacéuticos, un ingeniero civil, una nutricionista, un experto en negocios de base tecnológica social y una investigadora extranjera. A ello se suma la participación de cuatro pequeños empresarios del sector agroalimentario e industrial, todos de la región de la Araucanía.

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